Es una frase recurrente: “la economía irá como un tiro, pero en mi casa no se nota”. No es solo una sensación, sino que tiene un buen fundamento. Paradójicamente, la explicación está en el mismo informe que esta semana volvía a colocar a la economía española entre las de más crecimiento entre las de los países desarrollados.
El Fondo Monetario Internacional (FMI) presentó el martes en Bangkok sus Perspectivas de la Economía Mundial. El titular fue el previsible: el PIB español crecerá un 2,5% en 2026, más del doble que la Eurozona. Lo que pasó casi inadvertido fue una tabla del anexo, la que mide la producción por habitante. Ahí el dibujo cambia. El PIB real per cápita de España avanzará un 1,5% este año y apenas un 0,8% en 2027, por debajo del 1,1% de la zona euro y del 1,3% de Alemania. Sí, Alemania, el país al que media Europa lleva dos años llamando enfermo.
La aparente contradicción tiene una explicación matemática. El PIB mide todo lo que produce un país; el PIB per cápita divide esa cifra entre sus habitantes. Si la economía crece sobre todo porque hay más personas trabajando, y no porque cada una produzca más, la tarta engorda pero la porción que toca a cada comensal apenas cambia.
Es lo que está pasando. España ha ganado unos dos millones de habitantes desde 2020 y roza ya los 49,6 millones. El propio FMI lo dejó escrito en mayo, en su examen anual de la economía española, la llamada consulta del Artículo IV: la inmigración explica alrededor de tres cuartas partes del empleo creado entre 2022 y 2025. La población nativa en edad de trabajar y la media de horas trabajadas han caído, igual que en otros países del euro. La diferencia es que aquí la llegada de trabajadores extranjeros ha compensado con creces ese descenso.
El columnista de Reuters Breakingviews Jon Sindreu lo resumía hace unos días: “El resultado es que el PIB por habitante ha crecido mucho más despacio que el conjunto de la economía”. Y dejaba una advertencia: “Dado que su combustible es la mano de obra, nunca fue probable que el boom durase”.

Productividad en mínimos
Crecer sumando trabajadores no es malo en sí mismo. Sostiene la recaudación, da oxígeno a la Seguridad Social y cubre puestos que de otro modo quedarían vacíos. El problema llega cuando es el único motor. Los economistas lo llaman crecimiento extensivo, frente al intensivo, el que nace de producir más y mejor con los mismos recursos.
Y en eso España arrastra una asignatura pendiente desde hace décadas. Un documento técnico del FMI que acompaña al Artículo IV recuerda que en 1990 la productividad del trabajo en España era comparable a la de Estados Unidos. Hoy ronda el 74% del nivel estadounidense y sigue por debajo de la media de la Eurozona.
El Fondo apunta a causas conocidas: empresas pequeñas que no ganan tamaño, poca innovación, problemas de financiación, un mercado interior troceado entre comunidades y un sistema educativo que no casa con lo que piden las empresas. Admite un repunte reciente de la productividad, pero lo considera todavía incipiente.
Eurostat pone la cifra al estancamiento. Medido en paridad de poder de compra, el PIB por habitante español se situó en 2025 en el 92% de la media de la UE. En 2019, antes de la pandemia, estaba en el 91%. Años encabezando el crecimiento europeo han servido para ganar un punto. Vamos, que pese a las campanas al vuelo de algunos, estamos lejos de la Champions de la economía, como decía aquel, en términos reales y de riqueza.

Crítica más dura
Hay quien va bastante más allá en su diagnóstico. José María Rotellar, profesor de Economía y director del Observatorio Económico de la Universidad Francisco de Vitoria, publicaba hace poco una tribuna periodística de título elocuente, Un crecimiento empobrecedor. “Hay, por tanto, crecimiento, sí, pero es un crecimiento empobrecedor”, escribe.
A su juicio, la actividad “engorda con la grasa del gasto público” y con el menor valor añadido de un aumento de población “en gran parte de menor cualificación”. Rotellar carga también contra la política de vivienda, la subida de impuestos y la deuda, que a su entender restan renta disponible a las familias.
El FMI puede no compartir el tono, pero sí coincide en varios puntos de fondo. Pide al Gobierno acelerar la reducción del déficit ahora que la economía crece, advierte de que la tasa de empleo sigue entre las más bajas de la Eurozona y señala la falta de vivienda como un freno: encarece el acceso a un techo y reduce la movilidad de los trabajadores.
En los bolsillos
El PIB per cápita tampoco es exactamente lo que nota una familia en sus cuentas domésticas. Lo que llega a casa depende de los salarios, los impuestos, las prestaciones y, sobre todo, de los precios. Y esos indicadores tampoco invitan al optimismo.
Según la OCDE, la renta real disponible por persona de los hogares españoles cayó un 0,4% en el primer trimestre de 2026, su mayor retroceso desde finales de 2023, mientras la media de los países de la organización subía. La OCDE ya había avisado en julio de que en España “el limitado crecimiento de los salarios sigue siendo un punto débil”, y no espera que los sueldos reales repunten ni este año ni el próximo.
Súmese una inflación que el FMI eleva al 3,7% de media este año y un precio de la vivienda, en compra y en alquiler, que se come una parte cada vez mayor del sueldo, sobre todo entre los jóvenes. Ahí está buena parte de la distancia entre las estadísticas y la calle.
Extremadura, la imagen invertida
En Extremadura la paradoja aparece del revés. La región no ha recibido la oleada de población que ha llegado al resto del país. Tiene alrededor de 1.055.000 habitantes, menos que hace una década, y los nacidos en el extranjero son el 6,9% de la población, la proporción más baja de España. Mientras tanto, su PIB creció un 3,9% en 2024 y un 3,2% en 2025, según el INE, por encima de la media nacional el año pasado.

Con más producción y casi la misma gente, el PIB por habitante extremeño acorta distancias. En 2019 equivalía al 73,5% de la media española; en 2025, al 78,1%, con 26.740 euros por persona. BBVA Research calcula además que la riqueza por habitante de la región evolucionará mejor que la media nacional y que podría situarse 9,5 puntos por encima del nivel de 2019.
Cierto que hay un matiz. Una parte de esa convergencia es pura estadística: el denominador no crece porque la región envejece y apenas atrae población, mientras el resto del país suma habitantes. Extremadura sigue en la parte baja de la tabla autonómica, un 22% por debajo de la media, con un paro muy superior al nacional. Y BBVA Research alerta del escaso avance de su productividad, que puede limitar su capacidad de crecer. El mismo mal que el de España, con otros síntomas.
Mirada desde Bruselas, la foto es menos amable. La Comisión Europea sitúa a Extremadura en el grupo de regiones españolas cuyo PIB por habitante no alcanza el 75% de la media de la UE, junto a Andalucía, Castilla-La Mancha y Murcia.
“En las últimas dos décadas, el PIB per cápita en la mayoría de las regiones se ha mantenido, en general, por debajo de la media de la UE, lo que refleja unas limitaciones estructurales de larga duración a pesar de las fases de convergencia”, advierte en su último análisis sobre España, en el que insiste en que la productividad laboral “sigue siendo un reto”.

Lo que se nos viene
De cara al futuro, el panorama no es muy optimista. El FMI prevé que el crecimiento español se vaya moderando hacia un ritmo en torno al 1,7% anual, a medida que la inmigración pierda fuerza y avance el envejecimiento.
En sus proyecciones de mayo, el PIB per cápita no superaba el 1,2% en ningún año hasta 2031. Cuando se agote el empuje demográfico quedará a la vista la variable que de verdad decide si un país vive mejor: cuánto produce cada trabajador. Y en esa clasificación España no lidera nada, con políticas públicas que van justo al contrario de lo que sería recomendable.
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