Palabrería corporativa: cuando se retuerce el lenguaje para no decir nada

Un estudio de la Universidad de Cornell constata que quien más se impresiona con la pseudojerga empresarial, ese lenguaje tan críptico como vacío, toma peores decisiones. Extremadura no se libra de estas tonterías

20 de septiembre de 2026 a las 10:32h
El objetivo es, casi siempre, el mismo, esto es, parecer más listo, más moderno o más ocupado de lo que uno está. / LP
El objetivo es, casi siempre, el mismo, esto es, parecer más listo, más moderno o más ocupado de lo que uno está. / LP

Hace algo más de una década, el político Íñigo Errejón publicaba el siguiente (y recordado) tuit: “La hegemonía se mueve en la tensión entre el núcleo irradiador y la seducción de los sectores aliados laterales. Afirmación-apertura”. Más recientemente, la periodista Silvia Intxaurrondo, hablando de la crisis de Ceuta, aludía a “un ataque híbrido algorítmico”.

Dos ejemplos de cómo utilizar palabras rebuscadas para no decir nada. El fenómeno no es nuevo, y ejemplos abundan en el marco empresarial y administrativo, con expresiones tan rimbombantes como hueras.

Sin ir más lejos, en Extremadura tenemos casos muy nítidos de esta ‘palabrería corporativa’. No, no nos referimos al ‘moderneo’ del abuso de anglicismos perfectamente sustituibles (brainstorming, feedback, briefing, team building, reskilling, etcétera, que merecen un capítulo aparte y quizá lo tengan).

Hablamos de cosas como la nota oficial con la que la Junta celebró que la Comisión Europea eligió al Digital Innovation Hub extremeño que explicaba que su misión sería “orquestar la digitalización de las pymes” y actuar como “ventanilla única de servicios” del “ecosistema digital extremeño”. Uno se imagina al panadero de Don Benito y al taller de Almendralejo esperando la batuta digital para meterse en el dichoso ‘ecosistema’.

O la red regional de incubadoras, presentada como un “ecosistema (otra vez) dinámico e innovador de atracción y consolidación de empresas” con un “modelo distribuido en el territorio y referente a nivel europeo”: en román paladino, viveros de empresas, los de toda la vida, rebautizados por sílabas en ‘bio’, ‘agro’, ‘tech’, audiovisual y energética.

grafico expresiones vacias
Expresiones vacias de ‘palabrería corporativa’ hoy día. / LP

Pero el engendro es ‘pandémico’, como reflejaba la periodista Pilita Clark, columnista del Financial Times, hace pocas semanas. Citaba Clark cómo Huawei anunció que estaba “construyendo un lago de datos de inteligencia artificial” para eliminar “silos de datos” y crear “una coordinación fluida entre modelos online estables e iteraciones offline ágiles” (¿qué demonios quiere decir esto?). Y también que la plataforma de criptomonedas HTX comunicó que había “reforzado su foso de seguridad” gracias a “un profundo conocimiento del mercado y una ejecución rápida para obtener rentabilidades alfa de forma constante”. Mientras, continuaba la columnista, desde el grupo Nagarro se afirmaba que sus clientes buscaban “socios estratégicos que les ayuden a replantearse su tejido de decisiones operativas”.

Fosos, lagos, tejidos... No sabemos si nos están vendiendo un castillo, una finca o un traje. Lo que te pide el cuerpo es sonreír y olvidarlo pronto. Pero lo cierto es que, parafraseando a Monterroso, el dinosaurio sigue ahí, y además ahora puede medirse y calibrarse.

Parece jerga, pero no lo es

Conviene una distinción que hacen los que estudian esto en serio. La jerga es legítima: un cirujano, un abogado o un electricista usan palabras que el resto no entendemos porque les permiten precisar y ahorrar tiempo entre ellos.

La palabrería corporativa imita esa jerga sin hacer su trabajo. El filósofo Harry Frankfurt lo resumió con una precisión que sigue insuperada: el mentiroso conoce la verdad y la subvierte; el que suelta palabrería es sencillamente indiferente a ella. No le interesa si lo que dice es cierto o falso. Le interesa el efecto.

Y el objetivo, casi siempre, es el mismo, esto es, parecer más listo, más moderno o más ocupado de lo que uno está. Los entornos donde florece son reconocibles para cualquiera que haya pisado una oficina: la evaluación de desempeño en la que nadie se atreve a decir que un trabajo está mal hecho, la reunión en la que hay que opinar, aunque no se tenga ni idea, la declaración de misión que ninguna empresa cumple, la nota de prensa que hay que sacar sí o sí un viernes por la tarde.

España tiene ejemplares dignos de vitrina. El Fútbol Club Barcelona bautizó como ‘palancas económicas’ la venta anticipada de derechos de televisión y de una parte de su filial audiovisual, que es lo que cualquier hijo de vecino llamaría hipotecar ingresos futuros para pagar gastos corrientes. La palabra funcionó tan bien que la prensa deportiva la adoptó entera, sin comillas, durante dos temporadas.

En recursos humanos, despedir lleva décadas diciéndose ‘desvinculación laboral’, definida en los manuales del ramo como “materializar la salida de cada profesional afectado dentro del margen legal disponible”.

grafico diccionario de la palabrería

Y en 2019, WeWork presentó su folleto de salida a bolsa declarando que su misión era “elevar la conciencia del mundo” y dedicando el folleto “al poder del Nosotros, mayor que cualquiera de nosotros, pero dentro de cada uno de nosotros”. En el mismo documento constaban 900 millones de dólares de pérdidas en seis meses. La conciencia del mundo no se elevó. La valoración de la empresa, en cambio, se desplomó.

Ahora se puede medir

Aquí llega la parte que convierte la broma en dato. Shane Littrell, investigador de la Universidad de Cornell, acaba de publicar en Personality and Individual Differences un baremo para medir no quién suelta palabrería, sino quién se la traga, llamada la Escala de Receptividad a las Tonterías Corporativas. Cuatro estudios, 1.018 participantes, todos trabajadores en activo con un jefe directo por encima.

escala de littrell

Los resultados no son amables. La receptividad a la palabrería corporativa aparece asociada negativamente al pensamiento analítico y resulta ser un predictor robusto —en negativo— de la calidad de las decisiones que una persona toma en su trabajo.

Dicho de otro modo: quien más se impresiona con los ecosistemas, los fosos y las hojas de ruta transversales tiende a decidir peor. Littrell sugiere, y Clark lo recoge con evidente regocijo, que algún día las empresas podrían usar algo así para elegir a quién contratan y a quién ascienden. Dejamos al lector el ejercicio de imaginar qué pasaría si esa prueba se aplicase esta misma tarde en algunos comités de dirección.

Pero hay algo más incómodo. La palabrería no es un adorno neutro que se pueda podar en la revisión de estilo. Es una decisión, no siempre consciente, sobre quién se entera de qué. ‘Palanca’ impide que el socio del Barça vea una hipoteca. ‘Desvinculación’ impide que el despedido vea un despido. ‘Orquestar la digitalización’ impide que el contribuyente vea una subvención y pregunte cuánto cuesta y qué hace exactamente. El lenguaje hueco no falla al comunicar: comunica exactamente lo que se pretendía, que es poco.

Y ahí está el giro casi cómico final, el que probablemente no buscaba nadie. Si la receptividad a la palabrería predice peores decisiones, el directivo que redacta el comunicado sobre el ecosistema tractor no solo está confundiendo a los demás. A juzgar por la escala de Littrell, hay una probabilidad nada desdeñable de que sea el primero en habérselo creído. Por tanto, sería candidato a peor desempeño del puesto, y proclive a que se le aplique una ‘desvinculación’.

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Sobre el autor

Juan Carlos Zambrano

Periodista

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