En el suelo, entre las hojas que empiezan a cubrir las laderas, las castañas anuncian que el otoño ha llegado a las montañas del norte extremeño. Los agricultores andan estos días pendientes de recogerlas antes de que se deterioren. Es tiempo de cosecha y también de hacer cuentas. En el Valle del Jerte, algunos productores encuentran en este fruto una alternativa cada vez más rentable a la cereza. Pero mientras el cultivo gana atractivo en las explotaciones, el calor empieza a poner a prueba las condiciones que han permitido mantenerlo durante generaciones.
José Andrés cultiva castañas y cerezas en Cabezuela del Valle. Esta temporada espera recoger unas ocho toneladas. Podrían haber sido nueve o incluso diez si las altas temperaturas no hubieran mermado la cosecha. Aun así, las cuentas le salen mejor con el castaño. Le pagan más de tres euros por kilo y, además, necesita menos dedicación que el cerezo. «Necesita menos trabajo, menos mantenimiento y lleva un tratamiento fitosanitario más sencillo», explica.
La rentabilidad también tiene que ver con el destino del fruto. Alrededor del 70% de las castañas que llegan a las cooperativas extremeñas se queda en el mercado nacional. El consumo se concentra especialmente en noviembre, cuando la castaña vuelve a ocupar un lugar habitual en los hogares. El resto encuentra salida en otros países europeos, entre ellos Italia. José Antonio Tierno, presidente de la Agrupación de Cooperativas del Valle del Jerte, destaca el interés que sigue teniendo el mercado español para los productores.
3.000 hectáreas de castaños y 4,5 millones de kilos
Extremadura cuenta con más de 3.000 hectáreas de castaños y una producción que ronda los 4,5 millones de kilos. Es la tercera comunidad productora de España, por detrás de Galicia y Castilla y León. El Jerte y las Villuercas concentran buena parte de las plantaciones y prácticamente el 90% de la cosecha regional. También hay castañares en el Ambroz, La Vera, Sierra de Gata.
Pero el buen comportamiento comercial no despeja las incertidumbres que se acumulan en el campo. Los veranos cada vez más largos y los inviernos suaves amenazan con alterar el ciclo de un árbol que necesita unas condiciones climáticas determinadas para producir. La preocupación no se limita a que el calor adelante la caída del fruto o haga coincidir en el suelo castañas de distintas variedades. El problema puede empezar mucho antes, durante el reposo invernal del árbol.
Un estudio de CICYTEX y la Universidad de Extremadura realizado en una parcela de Jaraíz de la Vera refleja esa vulnerabilidad. Una variedad que produjo 35 kilos por árbol en 2021 apenas alcanzó los siete al año siguiente. En 2023 recuperó parte de la cosecha, hasta los 13 kilos, pero quedó lejos de su rendimiento inicial. La falta de horas de frío durante el invierno figura entre las explicaciones de esa caída.
A la falta de frío se suma la escasez de agua. El investigador forestal de la Universidad de Extremadura Álvaro Camisón advierte de que el castaño necesita entre 800 y 1.000 litros de lluvia por metro cuadrado al año, repartidos de manera regular. También requiere precipitaciones durante el verano, precisamente cuando las temperaturas son más elevadas y el agua escasea.
El resultado es un estrés hídrico que debilita los árboles y reduce su capacidad de respuesta. Los ejemplares situados a menor altitud son los más expuestos. Algunos están desapareciendo, señala Camisón, mientras la vegetación encuentra mejores condiciones en cotas más altas. El cambio climático amenaza así con modificar también el mapa de los castañares extremeños.
Caída del fruto
Los agricultores ya notan sus consecuencias. En una explotación de diez hectáreas de Cabezuela del Valle, el castaño representa la mitad de los ingresos anuales de la familia. Las altas temperaturas aceleran la caída del fruto y la falta de lluvia obliga a recurrir al riego. Cuando la cosecha falla, el problema deja de ser únicamente agronómico: alcanza directamente a la economía de quienes viven de estos árboles.
La investigación intenta encontrar una salida antes de que el deterioro de los castañares sea irreversible. La Junta de Extremadura y Tragsa trabajan en la selección de material vegetal capaz de soportar unas condiciones más exigentes. Los ensayos han permitido identificar nueve genotipos de castaño europeo que han superado distintas pruebas de estrés. Entre ellos destacan dos procedentes de Paterna del Río y Valle de Matamoros por su comportamiento frente a la enfermedad de la tinta y el estrés térmico e hídrico.
El objetivo es conseguir árboles que puedan seguir creciendo y produciendo en un escenario de temperaturas más altas y precipitaciones menos regulares. No es una solución inmediata. Los ejemplares seleccionados todavía deben demostrar su adaptación en nuevas pruebas de campo.
El castaño ha encontrado durante generaciones en las montañas del norte extremeño las condiciones necesarias para crecer y dar fruto. Ha formado parte del paisaje, de la actividad agrícola y de la economía de numerosos pueblos. Ahora el clima está cambiando las reglas. Y el sector se enfrenta al desafío de conseguir que esos árboles sigan teniendo un lugar en las laderas donde siempre han crecido.
Añadir La Portada de Extremadura como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.