El Patio de la Montería del Real Alcázar vivió anoche el estreno absoluto de Pizarra, la propuesta con la que Rancapino Chico —Alonso, hijo del maestro Rancapino y biznieto de La Obispa— se adentra en los surcos de las viejas grabaciones que fijaron para siempre el cante de Pastora Pavón, Tomás Pavón o Manuel Torre. Salió al escenario rodeado por los suyos. Un “corrillo de hombres” para escenificar que estaba en casa y que aquello, más que un espectáculo al uso era un encuentro con el cante. Con el cante de “Pizarra”. La propuesta que bajo la dirección de Juan Valderrama presentó y al que el de Chiclana, al término de su actuación, agradeció junto a Luis Ybarra.
“Estoy muy a gusto, muy a gusto con ustedes” y si él lo estaba, el respetable con ganas de olé y pellizco, aún más. Y lo hubo. Al Real Alcázar le salió esa alegría a compás de quien encuentra, por fin, lo que llevaba buscando. Malagueñas de Don Antonio Chacón, siguiriyas, alegrías: “Cai cuna de la gracia desde tiempo inmemorial…, no es pasión de gaditano que es la otra realidad”, bulerías, tangos…, y ‘fandangazos’, (no sabemos si antes de salir a escena el de Chiclana habría leído alguna crítica anterior) con el patriarca siempre presente, y Paco Toronjo en el cante y la palabra.

Entradas agotadas, como la noche anterior con Israel Fernández, en una noche donde a los aficionados se nos saltaban las hechuras al sentir tanta naturalidad, fluidez y cordura.
Un ejercicio de honestidad que nos evoca a esos encuentros que arropan las peñas flamencas (esos santuarios que habría que declarar Bien de Interés Cultural), ¡Cuánto lo agradeció el público!
Pizarra es un alegato al origen que demuestra que el cante más viejo, cuando se aborda sin miedo, sigue teniendo la última palabra. Y si a esa palabra le acompañan las guitarras de Rafael Rodríguez y Antonio Higuero; palmas y jaleos de Naim Real, Diego Montoya, Edu Gómez, Juan Antonio ‘Sopa’ y un Luis Peña que se echó la pataíta con una elegancia que quitaba el aliento, se convierten en palabras mayores.
El público en pie le llevó de nuevo al escenario donde nos regaló una zambra que acunó entre el cariño y la admiración sincera a Manolo Caracol, Camarón y a un patriarca que ha sabido transmitir a Alonso que la verdad del cante es la confesión íntima con las capacidades naturales y el respeto al público. En ese equilibrio, tan difícil cuando los focos apuntan más al personaje, que a quien se pelea en el flamenco, está la llave. Es evidente, que Rancapino la ha encontrado.
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