Isabel Vázquez: cuando el cuerpo deja de pedir permiso

En el Teatro López de Ayala este jueves a las 21,00 horas, la bailarina sevillana regresa a los escenarios con «Zambra de la buena salvaje». Una pieza que convierte la danza en un acto de insumisión frente a los mandatos hered

27 de octubre de 2026 a las 19:03h
Isabel Vázquez. / Alejandra Amare
Isabel Vázquez. / Alejandra Amare

Hay jaulas que no necesitan barrotes. Se construyen con educación, con buenas maneras, con la obligación de gustar. Se heredan en la sobremesa familiar, se transmiten de madres a hijas y terminan instalándose en el cuerpo hasta que una ya no distingue qué parte de sí misma eligió libremente y cuál aprendió a interpretar para no incomodar. A veces, incluso, la puerta está abierta y seguimos sin atrevernos a cruzarla.

Isabel Vázquez ha decidido bailar sobre ese territorio incómodo. No para ofrecer respuestas tranquilizadoras, sino para formular una pregunta que, una vez pronunciada, resulta difícil esquivar: ¿cuánto hay de nosotros en lo que somos y cuánto pertenece a quienes nos enseñaron a serlo?

La coreógrafa e intérprete sevillana trae este jueves a Badajoz, una creación que marca su regreso al escenario después de una década alejada de la interpretación. Diez años en los que ha seguido habitando la danza desde otros lugares: coreografiando, dirigiendo y enseñando. Diez años de aprendizaje que ahora devuelve al escenario con un cuerpo distinto, una mirada decantada por la experiencia y muy pocas ganas de obedecer a los convencionalismos.

«Ahora soy respetuosa con mi edad, con mi cuerpo de ahora», afirma. Y en esa declaración hay algo más que una consideración biográfica. Hay una toma de posición artística frente a una disciplina que, como tantas otras, ha convertido a menudo la juventud en requisito tácito de visibilidad y el virtuosismo físico en medida del valor interpretativo.

Vázquez tiene 62 años y no necesita ocultarlo, disimularlo ni convertirlo en una anomalía que justifique su presencia escénica. Tampoco pretende que la obra sea una reivindicación explícita contra el edadismo, aunque su regreso inevitablemente interpela a una cultura teatral que concede a las mujeres un espacio cada vez más estrecho a medida que cumplen años.

“Lo que espero con zambra es lo que espero después de todos mis espectáculos: que haya una reflexión, un tema sobre la mesa y conversar tras una cena. En Zambra hablo de la auto cancelación, de los doloroso que es a veces encajar, e intento luchar contra ese ideal de mujer canónica que sobre todo es la mujer de mi generación donde está tan vigente. Zambra es un canto de esperanza que nunca es tarde para despojarse de todas esas capas que tenemos encima y para tirarse de encima todos esos perjuicios. Espero que la reflexión esté servida”

Después de casi cuatro décadas vinculadas al mundo de la danza, la intérprete no regresa para demostrar que todavía puede hacer lo que hacía antes. Regresa para averiguar qué puede hacer ahora. No se trata de reproducir el cuerpo de ayer, sino de escuchar el de hoy.

«El movimiento siempre ha estado al servicio de lo que quería contar», explica. Para ella, la investigación de un movimiento honesto y verdadero está por encima de cualquier convencionalismo estético. La experiencia adquirida durante estos años dirigiendo y coreografiando a otros artistas le ha permitido observar su propio lenguaje desde fuera, reconocer sus transformaciones y volver a confrontarlo consigo misma. Una forma de regresar sin retroceder.

La mujer que aprendió a decir que sí

En Zambra de la buena salvaje, la domesticación no se presenta únicamente como una imposición externa. La autocensura, la necesidad de encajar, la amabilidad llevada hasta el extremo de morderse los labios: esos son algunos de los materiales que Vázquez pone sobre la mesa. No habla de ellos como abstracciones sociológicas, sino como experiencias que han atravesado su propia vida y que reconoce en otras mujeres.

«Zambra es un canto de esperanza, que nunca es tarde para despojarse de todas esas capas que tenemos encima y para quitarnos de encima todos esos prejuicios», sostiene.

El verbo despojarse es fundamental. Porque la libertad que propone la obra no parece consistir tanto en adquirir una identidad nueva como en retirar aquello que la ha ido recubriendo. Separar lo propio de lo heredado. Deshacer el gesto aprendido. Recuperar el espacio que se ha cedido para resultar aceptable.

«Creo que muchas mujeres de mi generación hemos asumido como propias herencias familiares y educacionales que hemos recibido», señala Vázquez.

Pero la obra no pretende quedarse encerrada en la experiencia de quienes comparten su edad. La artista cuenta que también mujeres jóvenes le han trasladado su identificación con lo que lleva a escena. Ese reconocimiento intergeneracional le produce una emoción especial. La prueba de que lo personal puede abrir una conversación colectiva y de que los mandatos cambian de apariencia, pero no siempre de naturaleza.

la solemnidad de una proclama. En Zambra de la buena salvaje, la irreverencia y la risa conviven con la crudeza, abriendo grietas en la imagen respetable que se exige a las mujeres y en las convenciones que determinan cómo debe comportarse un cuerpo sobre el escenario.

La libertad, en ocasiones, comienza cuando una deja de tomarse en serio las reglas que la mantenían prisionera.

Bailar con el cuerpo que somos

La madurez de Vázquez no es un asunto secundario ni una circunstancia que deba quedar al margen de la interpretación. Forma parte del lenguaje de la pieza. Su cuerpo presente dialoga con la memoria de la bailarina que fue, con las técnicas aprendidas, con los límites actuales y con todo lo que la experiencia ha transformado. La investigación no consiste en perseguir una imagen ideal del movimiento, sino en encontrar el movimiento que verdaderamente puede producir ese cuerpo. En escuchar lo que tiene que decir sin obligarlo a fingir otra cosa.

La decisión resulta especialmente significativa en una disciplina donde la exigencia física convive con una mirada social que no siempre concede el mismo valor a todos los cuerpos. Vázquez no plantea una renuncia a la técnica ni a la exigencia artística. Lo que cuestiona es que una determinada apariencia, una edad o un canon puedan convertirse en condiciones previas para merecer un lugar en escena.

Su regreso adquiere así una dimensión que excede el relato individual de una artista que vuelve a bailar. También pone en cuestión la idea de que las mujeres deben desaparecer progresivamente del espacio escénico o aceptar papeles dictados por la edad, como si la madurez cancelara el deseo, la potencia expresiva o la posibilidad de seguir investigando. No se trata de bailar a pesar de tener 62 años. Se trata de bailar desde los 62 años, con todo lo que ese cuerpo ha vivido y aprendido.

La producción reúne a un equipo encabezado por Alberto Velasco en la dirección, Ruth Rubio en la dramaturgia y Elena Carrascal en la producción. La iluminación de Benito Jiménez, el vestuario de Yaiza Pinillos y el espacio sonoro de Santi Martínez contribuyen a construir un universo en el que los distintos lenguajes artísticos dialogan con la cuestión central de la obra: las estructuras que heredamos y la posibilidad de atravesarlas.

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Sobre el autor

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María Isabel Rodríguez Palop

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