Hablar de Badajoz es hacerlo también, de forma casi inevitable, de su condición fronteriza y de una idiosincrasia difícil de entender sin mirar hacia Portugal. No en vano, el viejo chascarrillo de llamar ‘portugués’ al oriundo de la capital pacense permanece todavía después de muchos años de uso popular.
Resulta difícil comprender la ciudad más grande y poblada de Extremadura sin otear los paisajes lusos en el horizonte y sin tener en cuenta que, a escasos kilómetros de su casco urbano, se encuentra la línea que separa España de Portugal. Una circunstancia que convierte a Badajoz en una ciudad singular dentro de la extensa frontera hispanoportuguesa.
“Badajoz es la gran ciudad de la frontera con Portugal. Muchas veces se nos olvida, pero desde Ayamonte hasta el Miño es la capital más grande. Ni Salamanca, en Castilla y León, ni Ourense o Vigo, en Galicia, están tan pegadas a la frontera. La capital pacense es la única ciudad de gran envergadura ubicada en la Raya”, explica el profesor titular de Derecho Constitucional de la Universidad de Extremadura Gabriel Moreno.
El propio Moreno, profundo conocedor de Portugal, además de traductor de la Constitución portuguesa de 1976 y autor del libro 'Cómo se gobiernan los portugueses', incide en la relevancia histórica que ha tenido Badajoz en la línea que marca los límites territoriales entre ambos países.

“La frontera de Badajoz está históricamente muy militarizada. Tras el desastre de la batalla de Aljubarrota, en la Edad Media, las tropas castellanas aprendieron que era más fácil llegar a Lisboa por Extremadura que por Castilla. Eso produjo una concentración de los esfuerzos defensivos portugueses en la zona pacense. Por eso Elvas es Patrimonio de la Humanidad gracias a un sistema abaluartado espectacular y posee uno de los fuertes más impresionantes de toda Europa. Por tanto, es una frontera muy simbólica —para bien y para mal— de la relación entre estos dos países”, relata.
1986: bienvenida a Europa y adiós a las barreras
Siglos después, y tras las múltiples modificaciones experimentadas por los mapas de España y Portugal, ambos países comenzaron a dejar atrás una frontera que durante generaciones había funcionado como una auténtica barrera.
En 1986, hace ahora 40 años, España y Portugal se incorporaron a la Comunidad Económica Europea, antecedente de la actual Unión Europea, abriendo un nuevo escenario en el que las barreras y aduanas se irían eliminando progresivamente hasta consolidarse la libre circulación entre ambos países.

“Desde el punto de vista nacional de España y Portugal, la entrada en la UE tenía que ver más con un cierto deseo de homologación democrática que con otros asuntos como los fondos europeos. La prioridad era proteger una democracia en pleno desarrollo”, apunta Ignacio Sánchez Amor, actual eurodiputado y que posteriormente desempeñaría un papel destacado como responsable del Gabinete de Iniciativas Transfronterizas (GIT) de la Junta de Extremadura.
“Aquí era algo habitual seguir las noticias de Portugal. Aún recuerdo cómo en la prensa se informaba con mucho interés sobre las elecciones en Elvas. Esa desaparición física de las infraestructuras de la frontera vino a poner un sello a lo que ya era un contacto social frecuente”, añade Sánchez Amor.

La frontera que cambió para siempre
La también eurodiputada Elena Nevado recuerda los controles y registros que había que superar para cruzar de un país a otro y destaca el cambio que supuso la integración europea.
“Estábamos acostumbrados a tener que pasar la frontera y ver cómo nos paraban y nos registraban el coche. Vimos cómo, de repente, cayó ese muro. Fue como la caída del Muro de Berlín. Pudimos transitar dentro del mismo territorio de un país a otro. En ese momento se borró la Raya entre España y Portugal y pasamos a formar parte de un proyecto de esperanza que a lo largo de todos estos años ha demostrado ser muy beneficioso para ambos países”, apunta.
Lo que hoy resulta tan cotidiano como entrar y salir de España hacia Portugal, y viceversa, estaba sometido entonces a numerosos controles.
“Era común reprimir el tránsito de determinadas mercancías que no fueran de uso familiar. Suponía un obstáculo para la libre circulación y para que la relación a uno y otro lado de la frontera pudiera desarrollarse con naturalidad. La vida de las personas por aquel entonces estaba muy ceñida al control fronterizo, a la actuación de los ‘guardinhas’ o de la Guardia Civil española. La desaparición de las fronteras lo cambió todo”, comenta Gabriel Moreno.
La que fuera decana de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales, Carmen Muñoz, también percibió un cambio de paradigma tras la incorporación de los dos países al proyecto europeo, con consecuencias en la economía, el comercio y hasta en los aspectos más cotidianos de la vida.
“Évora, Estremoz o Campo Maior pasaron a formar parte de la cotidianidad de los pacenses y extremeños. Aún recuerdo cuando no se podía ir a cenar porque te cerraban la frontera y tenías que pasar la noche con los portugueses. A día de hoy es un plan habitual irte a cenar a Elvas y no tener ningún problema para volver. Lo mismo pasaba con el comercio. Ya no tenías ese miedo a comprar cosas y a que te las quitaran en la aduana. Es posible que Badajoz haya visto más beneficio en este aspecto que Portugal, aunque ellos también han tenido su propio rédito”.
Si durante los primeros años se aceleró el trasiego de ciudadanos hacia el otro lado de la frontera para realizar compras o disfrutar de la restauración, el cambio de siglo y la llegada del euro dieron el espaldarazo definitivo a una tendencia creciente.
“La llegada de la moneda única fue otro momento clave. Antes estábamos siempre viendo cómo cambiar escudos. Aunque al final se hizo habitual pagar en pesetas en Elvas o Campo Maior, es cierto que el euro ha facilitado la movilidad entre países, al igual que ha sucedido en el resto del continente”, explica Carmen Muñoz.


El impacto sobre la economía, el comercio, el turismo y los hábitos de consumo también vino acompañado de nuevas tendencias sociales.
“Aunque se terminó la mística y la magia que tenía eso de cruzar la frontera, evidentemente también ha habido otro tipo de consecuencias más positivas: los intercambios sociales se han intensificado. En Badajoz hemos observado cómo actividades ilegales como el contrabando han dado paso a una normalización de los intercambios que ha tenido un gran impacto. Es llamativo ver cómo el comercio portugués, que no tiene días libres, se ha visto beneficiado con la llegada de visitantes desde la capital pacense. No hay más que observar cómo los supermercados de Elvas están llenos de españoles los domingos”, detalla el sociólogo y periodista Artemio Baigorri.
Nuevas inversiones y transformación logística
Además de las relaciones vinculadas al ocio, la restauración y el comercio, la desaparición de las barreras ha favorecido el aprovechamiento de las infraestructuras de ambos países.
“En el lado español la autovía es gratuita, mientras que en el portugués hay una autopista de peaje. Es una infraestructura que, en gran medida, la mantiene España. Y el aeropuerto de Lisboa se ha convertido, para una buena parte de los pacenses, en su terminal de referencia para volar a otros países. Si terminan de hacer el aeropuerto de Montijo, en Portugal, será aún mayor su utilización”, añade Artemio Baigorri.
Si en estos 40 años las carreteras se han complementado con autovías y autopistas para conectar ambos países, todavía más profunda ha sido la transformación del mundo de la logística. La desaparición de las aduanas obligó a reinventarse a quienes vivían directamente de ellas.
Fue el caso de la agencia de Justo Martínez-Estéllez, un proyecto centenario con presencia en los Pirineos y en algunos de los principales puntos de la frontera entre Portugal y España. Durante décadas funcionó a pleno rendimiento y llegó a contar con casi una veintena de centros de trabajo y más de medio millar de empleados.
“El volumen de trabajo era muy grande en la frontera situada en Badajoz. Éramos tres agentes de aduanas y la media de operaciones aduaneras realizadas durante los últimos cinco años no bajaba de 450 o 500 al día”, destaca el que fuera antiguo consejero y directivo de esta agencia, Pedro Habela Martínez-Estéllez.
Aunque tuvo que afrontar un cambio radical en su vida profesional, pasando de dirigir una gran empresa aduanera a integrarse en el mundo forestal y medioambiental, admite que aquella nueva frontera sin barreras también llegó cargada de buenas noticias.
“Políticamente fue un cambio que trajo muchas cosas buenas. Se agradece que los países se integraran de esa forma en un proyecto común. A nivel empresarial, hay corporaciones que han crecido y han podido expandir su proyecto”, apostilla.
Carmen Muñoz también se refiere a la normalización de las inversiones al otro lado de la frontera. “Ya se ve con naturalidad cómo muchos extremeños están invirtiendo en Portugal, sobre todo en el sector agrícola. Como no existen fronteras ni aduanas, esto les permite afianzarse en esa parte de la Raya. Incluso hay profesionales que viven en un país y trabajan en otro”, declara.
Esta nueva forma de entender la movilidad y la logística vino acompañada además del desembarco de firmas de primer nivel en la capital pacense.
“La libre circulación de personas y mercancías hizo que sintiéramos que España y Portugal ya no se daban la espalda. Las empresas podían situarse en un lugar u otro según sus propios intereses. Vimos cómo Badajoz creció de forma exponencial. Es bastante simbólico cómo una firma de la altura de El Corte Inglés aterrizó en la ciudad. Fundamentalmente lo hizo porque tenía un público enorme, el portugués, que ahora podía pasar sin ninguna traba y hacer sus compras aquí”, relata Elena Nevado.
Una relación que todavía puede avanzar
Con numerosos beneficios y también algunos efectos menos favorables, la incorporación a Europa revolucionó la vida de millones de ciudadanos del continente. Badajoz y las zonas próximas a la Raya portuguesa no quedaron al margen de un proceso que transformó profundamente su día a día.
Sin embargo, pese a los avances registrados durante los últimos 40 años, la relación transfronteriza todavía tiene margen para seguir creciendo.
“Es cierto que la ruptura de la frontera física nos ha unido mucho a portugueses y españoles, pero en el fondo seguimos teniendo diferencias acentuadas que van más allá del orden de los apellidos o de vivir con horas distintas en el reloj. Hemos pasado de estar de espaldas al país vecino a tener una especie de vecindad de rellano, en la que el vecino habla contigo y te avisa si hay algún problema. Pero la relación puede ir incluso más allá. Hay que crear una mayor intimidad”, apunta Artemio Baigorri.
En este mismo sentido, Carmen Muñoz señala que algunas de estas diferencias se han ido reduciendo gracias a la apertura europea y a los intercambios universitarios.
“A nivel de costumbres, los portugueses no las han cambiado. Son mucho más europeos y más rígidos que los españoles. Saben acomodarse cuando vienen aquí mucho mejor que cuando nosotros cruzamos la frontera. Creo que sigue habiendo cierta barrera psicológica, sobre todo en el ámbito cultural y educativo. Aunque es cierto que la llegada de estudiantes con beca Erasmus ha abierto la mentalidad del alumnado. Además, hemos enseñado nuestra región y nuestra universidad a los jóvenes que vienen a estudiar desde toda Europa, que son muchos”, destaca.
Gabriel Moreno reclama, por su parte, una apuesta más decidida por las relaciones con el país vecino.
“Se necesita un mayor atrevimiento a la hora de apostar por Portugal. Que no se quede simplemente en un destino turístico para los españoles o como un caladero de posibles compradores en los centros comerciales. Debe ser un elemento que sirva para compartir estrategias políticas, económicas, culturales y turísticas que puedan potenciar al conjunto de la frontera y de la zona”, asegura.
Desde el ámbito político también se insiste en la necesidad de mantener la ambición y continuar profundizando en las relaciones entre ambos países.
“No debemos dormirnos en los laureles. Hay que mantener la ambición. Portugal, España, Extremadura y Alentejo pueden hacer muchas cosas por delante de las que hagan en Europa. Se habla mucho de que estamos a la cola de Europa. Hay que cambiar esa mentalidad y no llorar sobre la leche derramada. Lo que hay que hacer es dejar el victimismo y ponerse a trabajar, como ya se ha hecho en los últimos 40 años”, declara Ignacio Sánchez Amor.
Elena Nevado reclama también que las nuevas generaciones asuman el relevo para seguir desarrollando el proyecto europeo.
“El proyecto europeo es algo más que una unión de intereses económicos. Es un modelo envidiable en el mundo. Somos el único continente en el mundo que defiende los valores de la democracia y de la libertad. Debemos recordar a los jóvenes que la democracia se defiende todos los días. Ahora estamos sufriendo una crisis geopolítica muy importante en todas las fronteras. Por eso tenemos que seguir defendiendo este proyecto que nos ha dado derechos, prosperidad y libertad”, concluye.
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