España y Portugal se adhirieron a la Comunidad Económica Europea (actual Unión Europea) en 1986, hace ya cuarenta años. Las aduanas se eliminaron, facilitando el comercio transfronterizo: toallas, café, loza, bacalao, caramelos…En datos del Instituto Nacional de Estadística luso, España pasó a ser el destino de más del 25% de las exportaciones portuguesas y el origen de más del 30% de sus importaciones, desplazando a socios históricos de Portugal como el Reino Unido y Francia.
Acabó el contrabando, la nocturnidad, los registros en el coche y, según apunta el INE, en España, el valor del comercio bilateral se multiplicó por más de diez entre finales de la década de 1980 y los primeros años de los 2000.
Félix Retamar, presidente de la asociación de comerciantes del Centro Comercial Abierto Menacho, recuerda cómo en 1974 un escudo equivalía a 2,50 pesetas, por lo que “gran parte del comercio pacense, un 40% al menos, procedía de clientes lusos. Venían a establecimientos emblemáticos como Almacenes San Juan o La Paloma a comprar perfumería para consumo propio, pero también para revenderla en sus localidades”, indica.

En abril de ese mismo año tuvo lugar la Revolución de los Claveles, lo que supuso un impacto inmediato en los mercados financieros lusos y en la cotización del escudo. Además, la crisis del petróleo provocó fuertes devaluaciones e inflación tanto en la economía española como en la portuguesa. En las décadas posteriores, la tendencia se invirtió por las devaluaciones continuas del escudo, llegando a valer bastante menos que la peseta antes de la llegada del euro (en la década de los 90, un escudo pasó a valer aproximadamente 0,80 pesetas).
Pero eso no impidió que cientos de alentejanos (no solo procedentes de Elvas, también de Portalegre, Évora, Estremoz, Borba, Vila Viçosa…) pasasen alegremente, sin tener que presentar el pasaporte, a Badajoz a hacer sus compras. “Desde el año 75 hasta la década de los 90 fue la mejor época para el comercio pacense. Después, fueron cayendo los establecimientos del Casco Antiguo alto (calle Soledad o San Juan) y el foco fue desplazándose hacia Menacho”, apunta Retamar.

Bien lo sabe Damián Barroso, propietario de la tienda ‘Montana’ desde 1987. Primero la tuvo en la calle San Juan, luego en Francisco Pizarro y actualmente se ubica en Juan Carlos I. “Cuando yo abrí, la calle San Juan era como la calle Sierpes en Sevilla o la Larios en Málaga; estaba repleta de gente. Y muchos eran portugueses, ya que allí no tenían la oferta que teníamos nosotros”. De hecho, cuenta Barroso que el 25 de abril, festivo luso, muchos comercios pacenses no cerraban al mediodía y alargaban la bajada de persiana nocturna porque era “como una feria”.
En su opinión, a partir del año 93 empezó a decaer la visita de portugueses. “Yo tenía fijas unas 30 familias del país vecino y ahora me pueden quedar tres como mucho”, se lamenta. “Los clientes de esa época han envejecido y ellos mismos nos dicen que sus hijos ya compran por internet, pero la compra online nunca superará a la venta directa en cuanto a impresiones: yo ya conozco los gustos de mis clientes y puedo asesorarles si les queda bien o no”.

La llegada de El Corte Inglés
En mayo de 1999 abrió El Corte Inglés. Para los habitantes de Elvas, Campomayor, Estremoz, Évora e incluso Portalegre, Badajoz pasó a ofrecer el formato de gran almacén con marcas internacionales, moda y tecnología que antes no tenían a mano. Retamar confiesa que, en un principio, esto se vivió como una amenaza. “Despobló de profesionales las tiendas especializadas”. Pero luego no fue tan grave como parecía, ya que muchos compradores seguían paseando por el centro y picoteando en otros establecimientos. De esta manera, la ciudad de Badajoz se convirtió en un nodo comercial capaz de atraer a un área de influencia de más de 300.000 personas a ambos lados de la Raya. Las tiendas especializadas, opina el presidente de la asociación, son la clave para seguir captando clientela.
Más tarde, en 2012, a la vez que el comercio online daba sus primeros pasos, la apertura del centro comercial El Faro a tres kilómetros del paso de Caya apuntaló la posición de la ciudad como capital comercial transfronteriza, atrayendo de forma masiva al cliente luso, especialmente durante sus festivos nacionales.
Alma García, propietaria junto con su hermana de la joyería José María García, ubicada en Juan Carlos I desde hace 44 años, considera la apertura de este centro comercial un punto de inflexión para el comercio del centro histórico. “Esta calle antes era una mina. Los portugueses consumían mucha joyería y relojería, pero ahora no ves a ninguno por aquí”. Lo achaca, además de a El Faro, a la falta de aparcamiento. “Si el cliente no tiene facilidades para dejar el coche, busca la comodidad del centro comercial periférico. El cliente luso sigue viniendo a Badajoz, pero ya no entra en la ciudad. En El Faro hace fresquito en verano, calor en invierno, hay actividades para los niños, están las franquicias… Y de aquí, del centro, se han ido retirando las grandes marcas poco a poco. A todo esto hay que sumarle el auge de la venta online, carro al cual nosotras no nos hemos subido porque una joya no transmite su belleza en una foto, tienes que probártela y verla”, finaliza la joyera.

Promoción y formación
Eladio Buzo, concejal delegado del área de comercio del Ayuntamiento de Badajoz, considera que la apertura del centro comercial tan pegado a Portugal no guarda relación con que cada vez se escuche menos el idioma portugués en la calle Menacho. “Los hábitos han cambiado en todas partes, los que venían hace años ya se han jubilado y la gente joven prefiere la venta online”, expresa.
El Consistorio pacense, asegura Buzo, hace campañas de promoción turística en prensa lusa y en regiones limítrofes como Huelva. Además, hace unos años implementaron entre los comerciantes un programa gratuito llamado ‘Eu falo’ en el que enseñan portugués básico a los dependientes con muy buena acogida. “Los pacenses ya hemos interiorizado que tenemos que hablar un poco de portugués para dar un trato cercano y de calidad”, asevera Buzo, quien enfatiza que la captación del cliente luso sigue siendo una prioridad estratégica para la dinamización económica local.
El paisaje comercial de Badajoz ya no es el de las colas en la aduana de Caya ni el de la calle San Juan repleta de compradores lusos con escudos en la mano. La metamorfosis del consumo —de la pequeña tienda especializada al centro comercial periférico y de ahí a la pantalla del teléfono móvil— ha obligado a redefinir el papel del centro histórico en la economía local. Sin embargo, la brecha física quedó definitivamente superada. Cuarenta años después de abrir las puertas a Europa, la condición de capital transfronteriza de Badajoz no se mide solo en el tránsito de vehículos durante los festivos portugueses ni en el aprendizaje del idioma. Se mide en la consolidación de una Eurociudad donde el cliente luso, aunque elija distintas rutas para entrar, sigue siendo parte indispensable del paisaje urbano y del futuro económico de la ciudad.
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