La frontera era la calle Arias Montano. Tan real como invisible. A comienzos de los años noventa, cruzarla en dirección a la Plaza Alta suponía abandonar la ciudad conocida para adentrarse en un espacio degradado, marcado por la marginación, el tráfico y consumo de drogas y la prostitución. El Casco Antiguo de Badajoz había dejado de ser un lugar de paso y, mucho menos, de vida cotidiana. “Todo el entorno era un sitio peligroso e inaccesible al que no acudían los ciudadanos”, recuerda Ignacio Sánchez Rubio, hoy director general en Seta, Servicios Turísticos y Ambientales S.L, y en 1995 uno de los técnicos implicados en la gestión del Plan Urban, el primer gran intento de revertir aquella situación.
El plan Urban llegó en un momento clave, cuando la degradación urbana ya no era solo una cuestión estética, sino social. “La percepción de los ciudadanos cambió en pocos años”, asegura Sánchez. Una afirmación que encuentra eco en quienes han vivido siempre en el barrio, como Sergio Pereira, vecino del Casco Antiguo desde hace más de medio siglo. Su memoria personal dibuja una ciudad que ha oscilado entre el bullicio y el abandono. Recuerda una calle San Juan llena de gente, comercio y vida, y cómo fue perdiendo actividad hasta quedarse prácticamente vacía y cómo, con las actuaciones del Urban, algunos negocios volvieron a abrir. Hoy, señala, el barrio atraviesa de nuevo un momento delicado.

La historia de su familia resume, en parte, la evolución del centro histórico de Badajoz. Regentan un negocio desde hace 150 años. Cuando abrió, el centro lo era todo y extramuros apenas existían , eran las barriadas de La Estación y San Roque. “Hubo un tiempo en que todo el mundo quería vivir en el centro, hasta que llegó otro en el que nadie subía”, recuerda. “A los amigos los íbamos a buscar a la Plaza del Ayuntamiento porque no se atrevían a venir solos a mi casa, y vivía al final de la calle San Juan, que tampoco era un sitio muy complicado y escondido del centro de la ciudad”.
Las obras del Plan Urban no produjeron un cambio inmediato, pero sí constante. El programa apostó por la mejora de infraestructuras públicas y por intervenciones de carácter social vinculadas al comercio y a colectivos en situación de vulnerabilidad. “Se desarrollaron programas de cualificación profesional, formación y apoyo a colectivos como mujeres en prostitución o población gitana”, explica Ignacio Sánchez Rubio. “Todo eso fue muy positivo. Nadie sabía cómo estaba el Casco Antiguo porque nadie subía a la Plaza Alta para verlo. Eso cambió. La gente volvió”.

Más veterano aún es Paco Medrano, comerciante del barrio y actual propietario de la droguería El Globo, fundada en 1885 en la calle San Juan. Su relato es el de alguien que ha visto desaparecer y reaparecer la actividad comercial. “Pasamos de tener dos o tres churrerías, un estanco, una floristería y muchas tiendas, a parecer una ciudad bombardeada en la Segunda Guerra Mundial. Daba cosa subir a la Plaza Alta”, afirma. La mejora llegó con las actuaciones destinadas a revitalizar el comercio a finales de los años noventa y comienzos de los dos mil, cuando el barrio empezó a recuperar cierta normalidad.
En 2003 se agotaron los fondos
En 2003 se agotaron los fondos del Plan Urban, aunque su impacto fue más allá de su ejecución presupuestaria. “Veníamos de una ciudad donde mucha gente no había subido nunca a la Alcazaba, o no lo hacía desde hacía décadas”, señala Sánchez. La rehabilitación del Hospital Militar, la llegada de la Facultad de Biblioteconomía y, posteriormente, de la Biblioteca Regional —aunque no financiadas directamente por el Urban— fueron consecuencia de ese nuevo clima de recuperación y confianza en el Casco Antiguo.
Ese mismo año se produjo un cambio de tendencia: el barrio comenzó a atraer a nuevos vecinos. Una “inmensa minoría”, como la define Ignacio Sánchez, empezó a interesarse por la vivienda en el centro histórico. Lo confirma Carmelo Pérez, nacido en los años ochenta y residente desde siempre en la calle Luis de Morales. Esa tendencia fue creciendo hasta 2008 o 2009, cuando se renovaron viviendas, continuaron las actuaciones en la Alcazaba y se mantuvo una inversión pública significativa.
La crisis económica lo frenó todo. “A partir de 2010 se produce un parón y decae el interés por venir a vivir aquí. Desde 2013 hemos dado pasos atrás”, lamenta Sánchez. Una opinión compartida por comerciantes y trabajadores del centro, que señalan varios factores: el peso del ocio nocturno, que no genera vida diurna y en ocasiones expulsa a vecinos; la complejidad burocrática para cualquier intervención; y la lentitud administrativa de proyectos estratégicos, como sería el derribo de una vivienda antigua y la construcción de una nueva.
“El ejemplo es El Campillo”, apunta Sánchez. “Un proyecto aprobado en 2013 que hoy sigue sin generar una realidad tangible de gente viviendo allí. O la adaptación de la Alcazaba, firmada en 2006 y que en 2025 aún no ha terminado”. Para el técnico, la clave está en la ocupación normalizada del espacio. “Cuando no hay tejido empresarial ni actividad cotidiana, la marginalidad ocupa ese vacío: tráfico de drogas, delincuencia, exclusión. Y ese espacio deja de ser atractivo para vivir”.

El balance ciudadano
El balance ciudadano, treinta años después del Plan Urban, es complejo. El programa logró invertir una tendencia histórica de abandono, cambiar la percepción colectiva del Casco Antiguo y reabrirlo a la ciudad. Sin embargo, la falta de continuidad, la crisis económica y los problemas estructurales han debilitado aquel impulso inicial.
Aun así, Ignacio Sánchez vive en el barrio y lo define como “un lugar para inmensas minorías”: personas que valoran la cercanía de los comercios y la administración, la vida sin coche y una relación más directa con la ciudad. Una visión compartida por otros vecinos que, pese a todo, no renuncian al Casco Antiguo. Como sueña Paco Medrano, imaginan una Plaza Alta llena de tiendas, de actividad y de encuentros.
Treinta años después del Plan Urban, el Casco Antiguo sigue siendo un espacio en disputa entre la memoria y el futuro. Un lugar donde la identidad urbana de Badajoz se juega no solo en los proyectos y las inversiones, sino en la capacidad de reconstruir comunidad y devolverle al centro histórico algo tan sencillo —y tan difícil— como la vida cotidiana.

Patrocinado por el Ayuntamiento de Badajoz.
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