29N: Sánchez busca otra vida y Feijóo ve una puerta de entrada a La Moncloa

El presidente convierte el desgaste de su Gobierno en una nueva apuesta electoral, mientras el líder del PP afronta el riesgo de confundir una oportunidad de victoria con un resultado decidido

05 de octubre de 2026 a las 21:31h
Cita de Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo en Moncloa en una imagen de archivo de 2025. / POOL Moncloa
Cita de Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo en Moncloa en una imagen de archivo de 2025. / POOL Moncloa

Pedro Sánchez vuelve a poner el tablero político patas arriba cuando las piezas empezaban a dejarle poco espacio. El adelanto electoral al 29 de noviembre, anunciado este lunes tras el rechazo de los decretos de vivienda en el Congreso, tiene algo de reconocimiento del agotamiento de la legislatura y mucho de intento de recuperar la iniciativa. Si ya resulta difícil gobernar con una mayoría donde las partes no se entienden, que sean los ciudadanos quienes vuelvan a repartir las cartas de la partida. Esa es la explicación institucional. La política tiene más matices. 

Sánchez busca una ventana de oportunidad dentro de un panorama muy adverso. La vivienda le permite intentar desplazar el debate desde los escándalos y las dificultades parlamentarias hacia una preocupación que atraviesa generaciones, salarios y territorios. Quiere presentarse ante el electorado como el presidente al que no dejan proteger a quienes necesitan una casa. La cuestión es cuántos ciudadanos aceptarán ese relato y cuántos se preguntarán qué ha hecho durante todos estos años para que acceder a ella haya dejado de ser una angustia.

Porque el rechazo de los decretos explica el momento de la convocatoria, pero no explica por sí solo el desgaste del Gobierno. Sobre sus espaldas pesan demasiadas decepciones, contradicciones y episodios que han erosionado la confianza. Ábalos, Leire Díez y las denuncias sobre presuntas maniobras para desacreditar investigaciones han abierto una brecha entre el discurso de regeneración y la imagen que proyecta el entorno socialista. Las causas que afectan a su esposa y a su hermano añaden presión, aunque las responsabilidades de cada uno deban dirimirse en los tribunales y no confundirse con las del presidente.

A ese desgaste se suman la crisis de Ceuta y el escándalo que rodea a José Luis Rodríguez Zapatero por el caso Plus Ultra. La primera ha puesto en cuestión la gestión del Gobierno y su relación con Marruecos, alimentando una percepción de falta de control que la oposición ha convertido en argumento contra Sánchez. Una crisis de esa dimensión deja huella, sobre todo cuando las explicaciones políticas no consiguen despejar las dudas sobre la respuesta del Estado. El caso de Zapatero añade otra carga al PSOE. La investigación sobre su presunta intervención en el rescate de Plus Ultra, pendiente de resolución judicial, afecta a quien ha sido uno de los grandes apoyos políticos de Sánchez. Su coste político desborda al expresidente: refuerza la impresión de un partido obligado a dar explicaciones sobre sus referentes mientras intenta sostener su discurso de regeneración. Sánchez necesita que se hable de vivienda, pero llega a las urnas con demasiados asuntos pendientes de explicación.  

El papel de víctima tiene, además, un recorrido limitado. Puede cohesionar a los más fieles, pero difícilmente basta para recuperar a quienes se han alejado. Para ese votante, cada nueva apelación a una persecución necesita explicaciones que vayan más allá de señalar a la derecha, a los jueces o a los medios. Gobernar exige rendir cuentas también cuando las preguntas resultan incómodas.

La derecha se reconoce como alternativa

En el PP se contempla el 29N como la puerta de entrada a La Moncloa. Feijóo tiene motivos para ver una oportunidad, aunque haría bien en recordar que una expectativa favorable no equivale a una investidura. Su tentación será aplicar el método de Rajoy: administrar los tiempos, evitar riesgos y dejar que el adversario termine de caer bajo el peso de sus propios problemas.

Esa estrategia puede funcionar frente a un Gobierno exhausto. También puede convertir la prudencia en pasividad y la confianza en una campaña sin pulso. Esperar a que Sánchez pierda no resuelve por completo la tarea de convencer a los españoles de que Feijóo debe gobernar.

Y queda Vox. El asentamiento de las alianzas autonómicas ha dado a la colaboración entre ambos partidos una apariencia de normalidad que antes encontraba mayores resistencias. Extremadura participa de esa realidad: compartir gobierno convierte el pacto en una experiencia cotidiana, con decisiones, presupuestos y responsabilidades. La alianza deja de ser una hipótesis y se transforma en una forma de ejercer el poder.

Pero esa normalización no elimina el rechazo de una parte de la sociedad moderada. Hay electores que quieren un cambio y, al mismo tiempo, recelan de la influencia que Abascal pueda tener sobre ese cambio. Feijóo tendrá que medir cuánto gana acercándose a Vox y cuánto puede perder cuando esa cercanía se traduzca en ministerios y compromisos concretos.

La imagen de Feijóo como presidente y Abascal como vicepresidente pertenece ya al terreno de lo políticamente posible. Las urnas del 29N podrían abrir ese camino; materializarlo exigiría después un pacto y una investidura. Precisamente por eso Sánchez intentará colocar esa fotografía delante de cada votante progresista desencantado. Otra cosa es que el miedo vuelva a tener la misma capacidad movilizadora.

El PP necesita a los votantes de Vox para que una mayoría de derechas resulte viable, pero también necesita a quienes preferirían que Vox no entrase en el Gobierno. Administrar esas dos aspiraciones será una de las tareas más delicadas de Feijóo. Abascal, por su parte, difícilmente aceptará que su apoyo sirva para entregar el poder sin capacidad para condicionarlo.

La vivienda tampoco tiene dueño electoral

La calle movilizada por la vivienda introduce una incertidumbre que ningún partido debería despreciar. El malestar puede dirigirse contra quienes bloquearon las medidas, pero también contra quienes gobiernan y no han conseguido resolver el problema. No hay una transferencia automática entre manifestarse por un alquiler imposible y votar al PSOE.

La protesta de Badajoz lo ha mostrado con bastante claridad: pasó frente a las dependencias de Vivienda de la Junta y también por la sede socialista. El enfado alcanza a distintas administraciones y siglas. Para quien no puede pagar una casa, el reparto de competencias suele importar bastante menos que encontrar una solución.

Sánchez intentará convertir esa indignación en movilización electoral. Tiene un asunto que permite hablar de la vida cotidiana y conectar con personas que llevan tiempo fuera del debate político. Pero también arrastra la dificultad de pedir otro mandato para afrontar un problema que se ha agravado durante los anteriores. La oportunidad existe; la credibilidad para aprovecharla tendrá que ganársela.

A la izquierda del PSOE

A la izquierda del PSOE, la crisis de identidad y de liderazgo complica todavía más el escenario. Ese espacio necesita explicar qué representa, quién lo encabeza y para qué quiere volver a gobernar. Sánchez necesita que conserve fuerza suficiente para sumar, mientras compite con él por los mismos votantes. Es una contradicción que el adelanto obliga a resolver con muy poco tiempo.

Y tampoco basta con reunir siglas. Una candidatura puede cerrarse en unos días; recuperar la confianza de quienes han visto peleas, rupturas y disputas personales exige bastante más. La izquierda que pretende representar el malestar social llega a esta convocatoria con dificultades para ordenar su propia casa.

Por eso unas elecciones siguen siendo un melón por abrir. Las campañas alteran expectativas, movilizan a quienes parecían resignados y castigan a quienes empiezan a repartir cargos antes de contar los votos. Sánchez ha demostrado tener más vidas que un gato, aunque esta vez transmite menos energía y llega con una carga mucho mayor. Parece apagado antes de empezar, pero sería imprudente confundir esa impresión con una derrota consumada.

El 29N medirá si todavía conserva capacidad para convertir una situación defensiva en una oportunidad. Y medirá también si el PP ha aprendido a gestionar sus expectativas. Sánchez se juega la continuidad; Feijóo, que su ambición vuelva a adelantarse a su victoria. El tiempo dirá si la estrategia concede al presidente otra vida o si esta vez los ciudadanos deciden abrir un cambio de ciclo hacia la derecha.

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Javier Fernández
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