Berlín: mirar de frente nuestra ética

Tribuna Abierta

ana

(Profesora Asociada de Ética y Deontología de la Comunicación en la Facultad de Ciencias de la Documentación y la Comunicación de la UEx)

21 de agosto de 2026 a las 00:05h
Actualizado: 21 de agosto de 2026 a las 00:05h

Llegué este verano a Berlín con una pregunta que me ha acompañado durante años: ¿cómo pudieron tantos alemanes consentir los horrores del Holocausto y el genocidio perpetrado por el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial? Como tantas personas, contemplaba aquellos hechos desde la distancia moral que proporciona el tiempo. Resultaba sencillo identificar a los verdugos, compadecer a las víctimas y distinguir con claridad dónde estaba el bien y dónde el mal. 

Sin embargo, un viaje adquiere verdadero sentido cuando no solo nos permite conocer lugares, sino también cuestionar nuestras propias certezas. Y eso es, precisamente, lo que me sucedió en la capital alemana. 

Las extraordinarias explicaciones de Luis, Estela y Pablo, tres guías españoles que han hecho de la memoria histórica y de la divulgación su vocación, nos ayudaron a comprender de una manera mucho más profunda la magnitud de aquellas atrocidades. No se limitaron a relatarnos los hechos. Nos acercaron a la progresiva deshumanización, al miedo, a la propaganda, a las contradicciones humanas y al inmenso dolor que provocó un régimen capaz de convertir la exclusión y el exterminio en políticas de Estado. 

A medida que avanzaba el viaje, mi pregunta inicial empezó a transformarse. Era una pregunta sobre los otros, sobre aquellos alemanes de hace casi un siglo. Pero la Historia, cuando realmente se comprende, deja de ser un relato protagonizado por personas lejanas y se convierte en un espejo incómodo en el que también tenemos que mirarnos. 

Entonces me asaltó otra pregunta, mucho más difícil y para mí más perturbadora: ¿qué habríamos hecho nosotros si hubiéramos vivido en aquella época? 

La respuesta no es tan sencilla. Nos gusta imaginar que habríamos formado parte de la resistencia, que habríamos defendido a los perseguidos, que habríamos arriesgado nuestra libertad e incluso nuestra vida para proteger a los demás. Pero ¿podemos estar seguros? ¿Qué habríamos hecho si nuestra familia dependiera de nuestro silencio? ¿Si la propaganda hubiera moldeado nuestra visión del mundo desde la infancia? ¿Si el miedo a la denuncia, a la prisión o a la muerte estuviera presente cada día? 

Son preguntas incómodas, pero precisamente por eso considero que son necesarias. Nos obligan a abandonar la superioridad moral desde la que, en ocasiones, juzgamos el pasado. También nos recuerdan que la historia del Holocausto no puede explicarse únicamente a través de la existencia de unos verdugos identificables y unas víctimas inocentes. Entre ambos extremos hubo también ciudadanos que callaron, que miraron hacia otro lado, que aceptaron determinadas medidas o que simplemente decidieron no saber. 

Y hay algo especialmente inquietante: muchos de quienes participaron en aquella maquinaria del horror no respondían a la imagen de monstruo que nos resulta tranquilizadora. Eran personas con formación, cultura, inteligencia y capacidad de razonamiento. Personas que tenían familias, trabajos, relaciones y una vida cotidiana. Precisamente por eso esa etapa constituye una advertencia tan poderosa. 

La inteligencia, por sí sola, no garantiza la bondad. La cultura tampoco. La formación académica no nos inmuniza contra la barbarie: lo que protege a una sociedad es una conciencia ética capaz de reconocer la dignidad del otro. 

Quizá por eso, después de este viaje, comprendo de otra manera la importancia de la ética. En mi trabajo como profesora de Periodismo y de ética y deontología, estos conceptos forman parte de mi actividad cotidiana. Pero Berlín me ha hecho mirarlos desde otro lugar. La ética no puede reducirse a un conjunto de normas que aprendemos y aplicamos profesionalmente. Es, sobre todo, una forma de mirar al otro y de decidir qué hacemos cuando nuestras decisiones tienen consecuencias sobre los demás. 

Y ahí encuentro también una conexión inevitable con el Periodismo. La manera en que contamos la realidad nunca es completamente inocente. Las palabras pueden contribuir a dignificar o a deshumanizar; pueden alimentar el miedo y el prejuicio o ayudar a comprender. La propaganda nazi mostró hasta qué punto la manipulación del lenguaje y de la información puede preparar a una sociedad para aceptar lo que, en otro contexto, habría parecido inimaginable. 

El genocidio nazi nos enseña que la vulneración de los derechos humanos no comienza en las cámaras de gas. Comienza mucho antes: con la deshumanización del otro, con la normalización de los prejuicios, con el lenguaje que convierte a determinadas personas en una amenaza, con el silencio de quienes observan y no reaccionan, con pequeñas renuncias morales que, acumuladas, pueden terminar convirtiéndose en enormes tragedias colectivas. 

La memoria no consiste únicamente en recordar a las víctimas. Consiste también en aprender a mirar de otra manera

Por eso la memoria no consiste únicamente en recordar a las víctimas. Consiste también en aprender a mirar de otra manera. En reconocer nuestra propia fragilidad ante la presión del contexto, la fuerza del grupo, la propaganda o el miedo. Y, precisamente por ello, en defender una ciudadanía crítica, capaz de cuestionar los discursos que dividen a las personas entre quienes merecen derechos y quienes pueden ser privados de ellos. 

Ese es, quizá, uno de los grandes aprendizajes que me llevo de Berlín: no basta con preguntarnos cómo fue posible aquello. Tenemos que preguntarnos también qué señales debemos ser capaces de reconocer hoy para evitar que determinadas dinámicas vuelvan a repetirse. 

Al finalizar el viaje comprendí que la capital alemana no es solo una ciudad que conserva las huellas de una de las etapas más oscuras de la historia europea. Es también un lugar que obliga a mirar de frente aquello que preferiríamos mantener a distancia. Sus calles, sus monumentos y sus silencios hablan del pasado, pero también nos interpelan sobre el presente y sobre nuestra responsabilidad como ciudadanos. 

Por eso quiero terminar con un agradecimiento sincero a Luis, Estela y Pablo. Gracias por vuestras magníficas explicaciones y por ayudarnos a comprender que la Historia no es únicamente una sucesión de acontecimientos pasados. Es también una herramienta para entendernos a nosotros mismos y para cuestionar la manera en que miramos el mundo que nos rodea. 

Para mí, este no ha sido simplemente un viaje turístico. Ha sido una experiencia vital. Una experiencia en la que ha habido lugar para la emoción, para la reflexión, para la incomodidad intelectual y también para la esperanza, que ha cambiado mi manera de mirar la barbarie nazi, pero también mi manera de mirar los actos humanos e inhumanos de las personas. 

Berlín me ha recordado que la defensa de la dignidad humana nunca está definitivamente conquistada

Y quizá esa sea la enseñanza que más me llevo: que no podemos situar el bien y el mal exclusivamente en el pasado ni pensar que determinadas atrocidades solo pueden ser cometidas por otros. La historia nos obliga a preguntarnos quiénes somos, qué hacemos cuando tenemos miedo, qué hacemos cuando los demás callan y qué límites estamos dispuestos a defender cuando hacerlo resulta incómodo. 

Berlín me ha recordado que la defensa de la dignidad humana nunca está definitivamente conquistada. Cada generación tiene que volver a defenderla, y cada persona tiene que decidir, en las pequeñas y en las grandes circunstancias, qué lugar quiere ocupar. 

Y, a pesar de todo el dolor y la barbarie de la que somos capaces, sigo pensando que hay motivos para afirmar algo tan sencillo y exigente como que la vida es bella. Quizá porque recordar, comprender y reflexionar juntos sea la forma más alta de celebrarla y de asumir el compromiso indispensable para que aquello que jamás debió ocurrir no vuelva a repetirse. 

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Sobre el autor

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Ana González Delgado

Profesora Asociada de Ética y Deontología de la Comunicación en la Facultad de Ciencias de la Documentación y la Comunicación de la UEx

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